Hay que obsesionarse con las cosas; vivirlas con la máxima intensidad. Nada de tibiezas, nada de aburridos equilibrios.
Eso sí, de modo sucesivo, porque la intensidad simultánea agota.
Y sí, tengo suerte. Una vez más se me ha ofrecido la oportunidad de ir a la hermosa Lisboa.
Pero nada es perfecto, así que fue, como casi siempre, visto y no visto: apenas unas horitas robadas al trabajo y con indumentaria laboral -absolutamente inadecuada para paseos-.
Sea como sea, siempre es un placer perderse por Baixa-Chiado y Alfama, y, cómo no, catar el Bacalhau à Brás con un buen vino portugués.