Hay que obsesionarse con las cosas; vivirlas con la máxima intensidad. Nada de tibiezas, nada de aburridos equilibrios. Eso sí, de modo sucesivo, porque la intensidad simultánea agota.
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viernes, 5 de febrero de 2021
Advertir la vida mientras se vive
El vino y la poesía; una intuición de siempre y una constatación de hace poco. Sincréticos, simbióticos, profundamente bellos. Justo lo que quiero: que la belleza profunda me sorprenda en una etiqueta, en una esquina, en un momento. El disfrute del tiempo y de las personas que lo habitan.
Cara B. Vendrá de donde venga, pero no pienso renunciar a la belleza.
domingo, 3 de enero de 2021
La vida es una moneda
jueves, 3 de diciembre de 2020
De vez en cuando, la vida
Me viene a la cabeza la imagen de una película en blanco y negro en la que el paisaje se colorea al paso del personaje protagonista. De repente, la irrupción del color, que lo cambia todo. La vida se despereza y se convierte en otra cosa.
Un día resulta que te despertás y Serrat te está susurrando al oído su maravillosa "De vez en cuando la vida", que afina con el pincel.
Me encanta.
(Obviemos el final de la canción, porque perseguir la felicidad vital -o lo que más se le acerque- es una obligación de medios y no de resultado).
viernes, 28 de agosto de 2015
Cafecitos porteños
De Buenos Aires me gustan muchas cosas, y entre ellas destacan sus cafeterías. Las hay coquetas, arrabaleras, de paso, de sentarse sin apuro, de llevarse el café con pajita... Me encantan las que hacen esquina, con pocas mesitas y grandes cristaleras, desde las que uno puede ver pasar las horas y la gente.
En casi todas, cuando pedimos un cafecito viene con algo más. Puede ser un detalle meramente testimonial, por ejemplo una galletita; o, si hay suerte, cae el pack completo: masitas y un pequeño vaso de soda. Y en el medio hay infinidad de posibilidades. Pero lo que importa es que casi siempre viene algo más que el café. Es la versión porteña de la tapa que acompaña al aperitivo español.
Los descreídos dicen: "Y claro, con lo caro que cobran en las cafeterías es normal que agreguen algo". No les falta razón. Pero yo prefiero quedarme con la mística del asunto, la que rodea a la gente cuando, en una calle inesperada y entre trámite y trámite, se sienta a leer el diario mientras toma un café, y recibe algo dulce de regalo, como un pequeño lujo cotidiano.
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En casi todas, cuando pedimos un cafecito viene con algo más. Puede ser un detalle meramente testimonial, por ejemplo una galletita; o, si hay suerte, cae el pack completo: masitas y un pequeño vaso de soda. Y en el medio hay infinidad de posibilidades. Pero lo que importa es que casi siempre viene algo más que el café. Es la versión porteña de la tapa que acompaña al aperitivo español.
Los descreídos dicen: "Y claro, con lo caro que cobran en las cafeterías es normal que agreguen algo". No les falta razón. Pero yo prefiero quedarme con la mística del asunto, la que rodea a la gente cuando, en una calle inesperada y entre trámite y trámite, se sienta a leer el diario mientras toma un café, y recibe algo dulce de regalo, como un pequeño lujo cotidiano.
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miércoles, 12 de marzo de 2014
El reto de los 50 libros
Una obsesión recurrente en mi vida es la lectura. No la de libros técnicos (que es obligatoria por mi trabajo), sino la que se asocia con el ocio y el esparcimiento placentero. Ese tipo de lectura que acometemos porque estamos enganchados a una historia, o porque sentimos que, línea a línea, nos llena el espíritu o nos marca de alguna manera. Y también esa otra que, sencillamente, nos hace pasar un rato agradable y sin pretensiones.
Siempre tengo algún libro entre manos, pero no soy constante en el ritmo. A veces me paso meses con uno porque casi no le dedico tiempo. Pero de vez en cuando me agarra el ataque obsesivo y parece que me bebiera las novelas, una tras otra, en una carrera enloquecida. En esas ocasiones también participo de modo muy activo en foros de lectura. He llegado a fijar plazos a un montón de gente que no conozco para la lectura conjunta de algún tocho, y los pobres incautos me han hecho caso sin saber que a mitad de la planificación esa chica tan implicada desaparecía pues la obsesión se había esfumado. Y he organizado estanterías virtuales que más tarde abandoné, justo cuando mis "vecinos" empezaban a interactuar conmigo y se han quedado mandando mensajes al vacío.
El caso es que ahora mismo estoy en plena efervescencia otra vez, por culpa de un reto absurdo con el que me choqué en internet: leer 50 libros al año. Es absurdo, sí, pero estimulante, y me ha hecho retomar la estantería virtual para el recuento.
No creo que llegue, porque las obsesiones nunca me duran un año entero, lo que significa que en unos meses habré bajado el ritmo y seguro que para diciembre ni me acordaré de este reto y volveré a la lectura apacible.
Pero por ahora estoy disfrutando de mi obsesión, que es de lo que se trata...
jueves, 20 de febrero de 2014
Yogur casero... ¡¡DE FÁCIL NADA!!
El año pasado intenté hacer yogur casero. No tengo yogurtera, así que la mano venía en plan desafío extremo.
NO SALIÓ.
Seguí investigando en internet y llegué a la conclusión de que era importantísimo controlar la temperatura de la leche porque si es demasiado alta se muere el fermento, o algo así. Me agencié un termómetro y volví a intentarlo.
NO SALIÓ.
Seguramente el problema era que no conseguía mantener la temperatura adecuada para la fermentación. Leí que existían varias opciones:
1º) Horno a 50 grados, luego se apaga y se meten los yogures por 12 horas.
Descartado: mi horno como a la media hora está mas frío que la puerta de la nevera. (Apunte mental: reflexionar sobre el papel de un horno que se comporta de esta manera).
2º) Meter los yogures en un recipiente de telgopor (porexpán).
Descartado: el único que tengo es el que traía 1/4 de helado, así que apenas da para albergar un único yogur. Poco eficiente. Al menos hasta que consuma más helado.
3º) Termo.
Descartado: mi termo es de 1 litro. ¿Cómo saco yo un litro de yogur del termo para ir comiéndomelo?
4º) Nevera de playa.
Descartado: no tengo. Reconozco que sopesé la posibilidad de comprar una a estos efectos, pero llegados a eso, casi que mejor me compro la yogurtera, digo yo. ¿¿25 euros?? Descartado, descartado.
5º) Lavavajillas en un programa de menos de 50 grados.
DescartAJAJAAJJAA
6º) Olla a presión.
Ey... olla a presión... si resulta que tengo una...
Lo intenté.
NO SALIÓ.
7º) Caja de cartón forrada con trapos y alojando una manta eléctrica.
Descartado. No tengo manta eléctric.... ¡PERO TENGO UNA BOLSA DE AGUA CALIENTE!
Vale, pero no pienso construir un invernadero de cartón para hacer cuatro yogures, que tampoco es que me vuelvan loca los lácteos.
Así que ayer hice una especie de mix tuneado de varias de las técnicas:
Calenté medio litro de leche desnatada (la que tenía) en el microondas un par de minutos y la dejé templar hasta que estuvo a 40 grados. Por otro lado, batí un yogur bifidus con ciruelas (el que tenía) con 4 cucharaditas colmadas de leche en polvo, y añadí esta mezcla a la leche. Lo mezclé todo bien y lo distribuí en envases de cristal (sólo dio para cuatro porque una parte de la mezcla decidió que ya estaba bien de experimentos y se lanzó al vacío).
Puse los cuatro tarritos destapados en un molde de torta para horno, y éste dentro de una bolsa isotérmica del supermercado (a falta de nevera de playa). Metí la bolsa en el horno precalentado a 50 grados y apagado, y encima mi bolsa de agua caliente maravillosa recién rellenadita con agua hirviendo.
A lo largo de 8 horas fui cada tanto a la cocina a tocar la puerta del horno, y cuando dejaba de estar tibiona lo encendía 10 segundos a 50 grados.
Al final, ¡¡SALIÓ!!
Los saqué, los tapé con film y a la nevera hasta esta mañana. Ricos ricos.
Eso sí, mis posibilidades de estar 8 horas pendiente de la temperatura del horno se podrán dar aproximadamente una vez cada dos o tres años, así que no sé yo si es como para festejar mucho el éxito del experimento.
PERO EL ORGULLO BIEN GRACIAS! :-)
lunes, 17 de junio de 2013
¿El cuarentazo?
Voy a cumplir 43. De toda la vida me han dicho que aparento menos, y debe ser generacional (¿habría algo en el agua?) porque eso es algo que les pasa a casi todas las amigas de mi edad. Lo que ocurre es que las apariencias también cumplen años, y mis amigas y yo, lamentablemente, por mucho que no parezcamos de cuarenta y tantos, ya nos enfrentamos a que nos llamen "señora" en el supermercado. Señoras mucho más jóvenes de lo que somos en realidad, pero señoras al fin. Y bué, c'est la vie...
Pero eso no significa que no me obsesione delante del espejo y busque el producto milagroso que me devuelva al "señorita". A juego con mi pelo largo, en un acto de rebeldía más.
El caso es que desde hace bastante tiempo soy dolorosamente consciente de lo que es el óvalo facial; realidad que hasta hace unos años me era, no ya desconocida, sino directamente incomprensible.
Por otro lado, el que me conozca un poquito sabe que una obsesión recurrente en mi vida son las cosas naturales. De vez en cuando me agarran ataques de naturalismo, y empiezo a comer como si fuera intolerante a la lactosa y al gluten, compro en herbolarios lo que Carrefour tiene en sus baldas cuatro veces más barato, experimento con la cocina vegetariana y con la macrobiótica, me pongo a hacer yoga hasta que estoy a un paso de convertirme al budismo (li-te-ral), me apunto a gimnasios a los que voy cada día en todos los huecos que tengo.... En fin, una obsesión como otra cualquiera, que, al igual que todas y cada una de ellas, va y viene.
Pues bien, poniendo en combinación ambas obsesiones, y por culpa de internet, que es mú malo, desde hace unos meses estoy en modo "cuidados naturales", que tiene dos subsecciones: pelo y rostro.
En relación con el pelo, no sé muy bien cuál es el problema con las siliconas y los parabenos, pero al parecer, entre que estén o no en el champú y en el suavizante, mejor que no. Así que yo los he desterrado de los míos; sin más, de un día para el otro, con rotundidad. Y no solo eso; ya puesta, en mi línea de intensidad obsesiva absoluta, he quitado también los sulfatos, que por algo algunas marcas se promocionan como "sulfate free", ¿no?
¿Mi pelo está mejor? mmmm, no podría afirmarlo. Eso sí, peor no está, y ya sin parabenos, siliconas y sulfatos, digo yo que al menos se sentirá más libre. Es como cuando sustituyo la leche por soja; no es que mi cuerpo lo note, pero me siento anímicamente mejor. Pues eso.
En la cara sí que noto más diferencia, gracias a la entrada de los aceites en mi vida. Nada de aceites esenciales, no, los aceites vegetales de botellas de medio litro.
Primero probé a ponerme aceite de almendras, y no estaba mal. También probé con la rosa mosqueta, mejor. Pero el punto de inflexión me lo dio Kiehl's. Verán, resulta que esta marca tiene un serum de aceites esenciales que todos dicen que es fantástico y que cuesta algo así como UN MONTÓN. Una vez me dieron una muestra, y no estaba mal, pero tampoco era para tirar cohetes teniendo en cuenta el precio estratosférico: simplemente me levantaba con la cara con aspecto más hidratado. Un día me dije: si esto al fin y al cabo son aceites, ¿por qué no probar con este que tengo aquí, en la alacena? Y en este afán empírico me eché unas gotas de aceite de oliva, porque recordaba que una amiga decía que su abuela se lo había echado en la cara toda la vida y tenía la piel fantástica. Y ¿a que no saben que pasó? Sí, justamente. Salvo por el olor a ensalada en vez de a romero y lavanda, mi cara amaneció con el mismo efecto, e incluso un poco mejor porque además estaba muy suavecita.
Así que alterno la oliva con el argán, que es otra maravilla que no tiene nada que envidiarle al serum de Kiehl's. Eso sí, el aceite de argán que tengo, obviamente, es el de medio litro que es apto para cocinar. Nada de frasquitos diminutos igual de caros que el serum famoso. Natural, natural, tanto que me lo podría beber. Y va de lujo.
martes, 22 de enero de 2013
De cuidados de belleza y videos
Hace poco me compré una plancha para el pelo. No es que lo tenga especialmente encrespado, ni que tenga tiempo para enlaciarlo del todo o para hacerme rizos. Normalmente, apenas si tengo tiempo para darle una pasada de secador al flequillo y el resto se seca al aire mientras voy a trabajar. Peeeero me compré una plancha para el pelo, sí señor.
¿Por qué? Porque estaba en ese momento consumo que de vez en cuando me da (la crisis lo ha mitigado notablemente, pero a veces sale a la superficie a respirar). Y también por experimentar aprovechando las rebajas, todo sea dicho.
Y eso fue el inicio de una nueva obsesión, cómo no.
La sucesión de los acontecimientos, a lo largo de varios días, ha sido la siguiente:
1) Compro la plancha.
2) Veo en youtube videos sobre cómo usarla, que explican que al final hay que poner laca.
3) La uso y me pongo laca, pero me queda un churro, así que la uso otra vez sobre el pelo enlacado.
4) Me quiero morir de cómo se ha quedado mi pelo.
5) Veo videos sobre remedios rápidos para el pelo reseco, y concluyo que hay productos que pueden ir bien.
6) Voy a buscar el protector para el calor, el serum para puntas estropeadas... y otra laca, a ver si el problema es que la que tenía en casa era una porquería. Sí, va a ser eso, seguro.
7) Compro el protector para el calor, una laca suave, el serum, y también un tratamiento de keratina que tiene buena pinta.
8) No tengo tiempo para probar otra vez con la plancha, así que no uso ni el protector para el calor ni la laca. Pero tras lavarme el pelo me echo la keratina.
9) Me quiero morir de cómo sigue mi pelo.
10) Veo más videos sobre pelo reseco y concluyo que un remedio drástico pero efectivo es masajearlo con aceite de oliva o de almendras dulces. Tengo aceite de almendras dulces de una obsesión anterior, así que genial por el aprovechamiento: me lo pongo.
11) Tras lavarme el pelo, me echo otra vez keratina, que se supone que lo revitaliza.
12) Me quiero morir de cómo sigue mi pelo. A ver si va a ser la keratina....
13) Más aceite, lavado y NO keratina. Serum en las puntas...y voilà! pelo mucho mejor. Maldita keratina. Viva el aceite y el serum.
La búsqueda de videos sobre el pelo ocasionó una obsesión paralela: videitos, en general, sobre cuidados de la piel, cuidados naturales, maquillaje, productos cosméticos... en fin, todo un mundo. Buscando una cosa no paraba de encontrar otras que, de paso, me parecían interesantes. Descubrí que hay una cantidad ingente de mujeres de las edades más variopintas que dedican una parte importante de su tiempo a subir videos para explicar qué cosméticos volverían a comprar y cuáles no, para mostrar sus últimas compras de maquillaje o de ropa, para explicar sus rutinas de limpieza de cutis, qué llevan en el bolso, cómo ordenan sus pinturitas de la cara, cómo se delinean los ojos, etc. etc. etc. Ellas son las culpables de que me haya comprado un eyeliner en gel que no soy capaz de dominar, una sombra con brillitos que parece que me hayan echado purpurina en la cara con un aspersor, una brocha para la sombra que se supone que es para marcar sólo la profundidad del párpado pero que a mí me lo barre entero (eso sí, quedé bárbaro cuando la pedí expresamente de pelo natural porque era para sombras en polvo y no en crema), y una esponja "konjac" para exfoliar la cara que no exfolia pero da mucho gustito al masajear.
Y ahora estoy con los desmaquillantes y aledaños, en una una combinación de cosmética y gastronomía interesante: ya tengo mi tónico casero hecho de agua de arroz, porque los comprados tienen alcohol y eso, al parecer, reseca mucho la piel. He de decir que ayer lo usé por primera vez y me dejó la cara cual cartón, cosa que me extrañó porque las videoexpertas dicen que eso no pasa, no pasa y no pasa. Así que, en un alarde de iniciativa ahora que manejo los rudimentos de la cosmética natural, le eché unas gotitas de aceite de almendras y debo decir que hoy me lo he vuelto a poner y siento la cara mucho mejor. Y como desmaquillante de ojos, he acabado experimentando, otra vez, con aceite, porque también hay muchos "tips" al respecto en youtube. Aceite de almendras en un ojo y aceite de oliva en el otro, para comparar (lo hice cuando estaba sola, porque esos momentos son menos patéticos en soledad, aunque después venga acá y lo suelte todo). Y debo decir que ambos son mejores que cualquier desmaquillante de ojos que yo haya probado; y entre ellos es más eficaz el de oliva.
Eso sí, me están saliendo unos granitos sospechosos en la cara, y no sé si será de tanto aceite, de las nuevas pinturitas, de la esponja konjac o de los alfajores que me regaló una de mis cuñadas y que me zampé en dos semanas con la excusa de que caducan.
He aquí mi aportación al mundo de la belleza femenina.
Eso sí, me están saliendo unos granitos sospechosos en la cara, y no sé si será de tanto aceite, de las nuevas pinturitas, de la esponja konjac o de los alfajores que me regaló una de mis cuñadas y que me zampé en dos semanas con la excusa de que caducan.
He aquí mi aportación al mundo de la belleza femenina.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Dietas
Durante la primera mitad larga de mi vida fui de esas personas afortunadas que podían comer de todo y a todas horas, sin engordar ni un gramito. Tanto era así, que a veces me daba ganas de hacer régimen tan solo por probar qué se sentía. Pero mis apetencias gastronómicas no me dejaban llegar muy lejos. Recuerdo una vez que había decidido empezar un régimen y esa misma mañana, nada más levantarme en el que sería mi primer día de dieta, vi una fuente de ravioles en la heladera. Me los desayuné inmediatamente.
No sé bien en qué momento fue, pero llevo ya años en los que mi cuerpo se comporta como el del común de los mortales, y si no cierro el buche... pues engordo. Es verdad que, según dice mi cuñada, no engordo tanto para lo muchísimo que como, y eso es indudablemente una suerte, pero aún así digamos que si no me cuido, termino con dos talles más de ropa.
La nueva tesitura me hizo pasar por varios períodos de régimen, acometidos cada uno de ellos con la fascinación de las obsesiones que rigen mi vida. Dietas de menús fijos, dietas disociadas por días, dietas de puntos, dos tazas de agua caliente en ayunas... Todo funcionó inicialmente y luego ya no, en buena parte por mi incapacidad para atenerme a las reglas más allá de lo que duraba la obsesión. Bueno, lo del agua funcionó porque me daba nauseas y entonces se me cerraba el estómago durante varias horas, pero una vez que me acostumbré podía tomarme el agua y después desayunar como una reina. Respecto del desayuno, también probé eso de que es la comida más importante del día y hay que comer mucho a la mañana para hacerlo en menor cantidad durante el día, e igualmente hice la prueba con lo de comer cinco veces diarias. Con estas dos técnicas terminé comiendo más cantidad y engordé.
También he de confesar que con la comida a veces me pasa algo muy curioso. Si tengo ganas de comer algo, tipo antojo, funciona como una especie de droga que nubla mi cerebro y se me olvida (¡sí, se me olvida!) que estoy pretendiendo hacer dieta. Mi madre llegó a recomendarme sacarme una foto y ponerla en la puerta de la heladera, para "recuperar la memoria" en el momento álgido.
Otro elemento que juega invariablemente en mi contra es que busco apoyo en foros de internet (porque una obsesión no es completa si no participa internet de alguna manera) y resulta que en estos foros no parece haber gente que simplemente quiera bajar unos kilitos, sino que están copados por quienes parten de un sobrepeso significativo. Así que tuve que aguantar que me prohibieran la entrada y/o que me llamaran enferma y me aconsejaran ver a un psiquiatra. Por supuesto que yo no pretendía ni pretendo tener aspecto de anoréxica, pero no pienso aceptar sin más, como me decían, que con los años se gana peso y hay que aguantarse, o que para la edad y altura que tengo estoy muy bien. Sé perfectamente con qué peso he estado mejor teniendo ya esta altura, y cumplir años no tiene por qué ser, desde mi punto de vista, un inexorable camino hacia el engorde.
El caso es que un día mi marido me contó que había una dieta que estaba haciendo furor en Francia, basada en las proteínas, y que el libro del autor se vendía como un best-seller. Lo vimos en los anaqueles del supermercado y, como un juego, lo compramos y decidimos probar los dos juntos. ¡Y ha sido una maravilla! He leído grandes críticas a esta dieta y no pienso perder el tiempo en rebatirlas. Sólo diré que a nosotros nos ha funcionado.
Desde que la terminamos, más o menos una vez por semana hacemos un día de dieta que nos permite compensar los excesos. Hoy tocaba, ¡sobre todo porque ayer nos pasamos un montón en el cumpleaños de mi sobrino! Mi marido se comió unos bifes pero yo no tenía ganas de carne de vaca, así que me preparé esto, sacado de internet:
Bocaditos de atún a la mostaza:
Mezclar enérgicamente 2 huevos, 2 cucharadas soperas de queso batido 0%, 1 latita de atún natural, 1 cucharada sopera de mostaza Dijon, pimienta. Volcar la preparación en moldecitos de silicona y al horno 190º unos 20 minutos.
Quiche de surimi:
Batir 3 huevos, 4 cucharadas de queso batido 0%, un chorro de leche desnatada, 250 gr. de palitos de surimi picados, sal, pimienta, perejil y orégano. Engrasar la cubeta de la Fussioncook, volcar la mezca, poner la tapa con la bálbula abierta, menú horno 25 minutos.
Como el surimi no es lo que más nos gusta del mundo, la próxima vez lo sustituiré por jamón york.
jueves, 26 de julio de 2012
Azúcar quemada
Hoy me vino el recuerdo de un hierro al fuego en la chimenea de la quinta, calentándose al rojo vivo, para hacer "azúcar quemada". No sé porqué lo decíamos en femenino, pero así era.
Me fascinaba ver cómo ese hierro candente, metido en una lata vieja llena de azúcar, le cambiaba su natural color blanco por un marrón casi negro, formando grumos de caramelo.
Y en el recuerdo apareció mi tía-abuela Maqueca, dirigiendo el experimento porque era la encargada luego de preparar el mate al que ese azúcar iría a parar.
Y aparecieron mis abuelos Lala y Lolo, y también mi tía-abuela Lita, sentados en círculo en la galería de la casa, esperando su turno de mate con azúcar quemada, quizá acompañado de algo de factura o de bizcochitos de grasa.
Y Lala diciéndonos que nosotros no podíamos tomar mate con ellos porque éramos chicos para compartir bombilla con adultos, que nos enfermaríamos.
Y Lolo entrecerrando los ojos, quedándose medio dormido hasta que volvía a tocarle el turno.
Y nosotros circulando en karting, bici o patines alrededor de este círculo, como si no hubiera más espacio por donde pasar.
Porque de toda la vida se ha sabido que a los chicos lo que más les gusta es estar con los grandes.
miércoles, 27 de junio de 2012
Bobby II
Les presento a mi disco portátil.
Su función oficial es contener copia de seguridad de todo mi trabajo, pero él y yo sabemos que es mucho más que eso: él tiene siempre la versión última de todo, y en cambio los diversos ordenadores que pasan por su vida a lo largo de la semana apenas si logran ponerse el día cuando tienen la suerte de recibirlo.
Hace poco perdió protagonismo en favor de una aplicación que permite guardar los archivos en la nube. Él se limitó a aguantar calladamente la traición, con la tranquilidad que le daba el saber que me aporta algo que nadie más puede: pone a mi disposición la información sin necesidad de conexión a internet. Sus competidores pueden ser más eficientes si se dan las condiciones para ello, pero son gigantes con pies de barro.
Se empezó a descascarar al poco de comprarlo, seguramente porque intuía el traqueteo que le esperaba, siempre conmigo de campus en campus, de institución en institución, de país en país.
sábado, 16 de junio de 2012
Sé original: no tunées
Observo con fascinación cómo la gente decora sus autos.
No me parece mal, dado que se pasan muchas horas en su interior, aunque personalmente me gustan más los coches que conservan su carácter instrumental y austero, los que se resisten a pasar por la indignidad del tuneo doméstico.
En esto, como en todo, ha habido modas: dejando de lado las tendencias de colectivero (dados de peluche, estampitas en el parasol, asiento de bolas o camisetas a modo de fundas grunge), todo comenzó con el pino aromatizador que se colgaba del espejo retrovisor, siempre que no estuviera ya ocupado el espacio por un rosario. Poco a poco, estos adornos fueron sustituidos por las cintas deportivas o patrióticas, y para quienes aún quieran aromatizar su automóvil hay unas mini botellitas de ambientador muy monas también para colgar, renegando así de su clásica posición en la salida del aire acondicionado.
El interiorismo hizo furor con las cajas de pañuelos de papel, que en un principio yo creí destinadas a atender imponderables infantiles, pero me quedé muerta cuando las vi también en coches de solteros y sin compromiso. Imagino que serían grandes moqueadores...
Me hizo gracia, al principio, la instalación de perritos afirmativos (esos cuya cabeza basculaba al ritmo de los movimientos del coche). Cuando en un semáforo veía uno en el tablero de otro coche, me quedaba como hipnotizada mirando cómo su cabecita iba poco a poco calmándose del frenazo.
Estos perritos fueron sustituidos por sus primos inmóviles, los de peluche, que se acomodaron en los tableros traseros como podrían haber estado en la estantería de una habitación. También pensé al principio que era cosa de autos con niños... pero no. Incluso algunos conductores ponían sus peluches mirando por el cristal, en plan "que todo el mundo vea este muñeco precioso en mi tablero y me admire por lo buen decorador que soy".
Y luego llegaron los sombreros de paja. De ala ancha, estilo pamela, modelo panamá, con publicidad... Si había un sombrero olvidado en algún armario y era de paja o al menos lo parecía, su lugar natural pasó a ser el tablero trasero del auto. Claro que, como todo no cabe, había que quitar los peluches y, para los más pasados de moda, incluso la caja de pañuelos.
Y en el exterior, no me digan que no se les viene a la cabeza la calcomanía de la famosa margarita: esa flor tan sencilla, con sus pétalos blancos y el centro amarillo, que de pronto floreció en el 90% de las carrocerías. Los clásicos las pusieron atrás, a un lado de la matrícula. Los más osados la situaron justo en la puertita de la toma de gasolina. Incluso hubo quienes se esmeraron y pusieron varias de distintos tamaños (lo que se dice una composición floral).
A mí me gustaba, pero su generalización inmediata, casi promiscua, me hartó enseguida. Para el común de los mortales que sucumbió, imagino que fue doloroso tener que situar la margarita en donde siempre había estado la calcomanía del pueblo natal o ancestral, o del Che, o de Janis Joplin, o del toro de osborne.
Ahora también la margarita ha pasado de moda.... y yo me pregunto qué será lo próximo que despierte el sentimiento gregario de la población motorizada y hala, toooodos a decorar otra vez.
Les confieso que me estoy riendo, porque, puesta a poner cosas absurdas, pensé: "Ya sé ¿Por qué no el feng-shui del auto?", pero resulta que, aunque parezca mentira, una rápida comprobación en google demuestra que eso ya existe.
Claro que hasta que no se ponga de moda, es como si no existiera.
domingo, 3 de junio de 2012
Viviendo al límite
Tenía un compromiso laboral en Barcelona, y allí que me fui, en el AVE, con mi maletita de ruedas. Por el camino aprendí que no conviene viajar con pantalones blancos, por muy estupenda que te sientas al ponértelos.
1º) Primer manchón al subir la maleta al autobús... y apenas si había salido de casa! Me pasé todo el trayecto dándome golpes en las piernas para intentar quitar las manchas. Había un niño que no dejaba de mirar asombrado como me autolesionaba.
2º) En la estación de tren no se me ocurrió mejor idea que comprarme un café para llevar, lo que añadió un elemento de riesgo adicional que cualquier persona sensata habría evitado...pero yo no. Eso sí, todo el rato trataba de quitar de mi cabeza la imagen del café derramándose por mis pantalones, porque dicen que si piensas mucho en algo al final sucede.
3º) Segundo manchón al subir la maleta al tren. Nueva tanda de golpes.
4º) Ya sentada y terminado mi café, no había dónde dejar el vaso vacío, así que lo puse en el bolsillo trasero del asiento de delante de mí. Un rato más tarde, con un desafortunado movimiento de pierna conseguí, sin proponérmelo, sacarlo del bolsillo y tirármelo encima. Menos mal que estaba vacío, que si no se habría cumplido la profecía.
5º) Estaba vacío pero no era del todo improbable alguna pequeña mancha, así que me dispuse a examinar la zona para hacer el correspondiente control de daños. Tenía la bandeja bajada, de modo que la subí para agacharme, pero no la trabé bien y se bajó cuando acercaba mi cara, dándome un golpazo en los belfos que hizo que la ortodoncia se me tatuara en la cara interior del labio superior. "Pero no hay mancha de café en el pantalón, que es lo importante", pensé, entre lágrimas.
6º) Tercer manchón al bajar la maleta del tren.
Llegué al hotel y como tenía un par de horas libres me interrogué: ¿aprovecho el tiempo para adecentarme y cambiarme los pantalones......o me voy a las Ramblas? A las Ramblas, obvio.
7º) Después de comer una ensalada de salmón en una terraza de la Plaça Reial, decidí tomarme un helado... y voy y me lo pido de chocolate bien bien bien oscuro! Cuando me di cuenta me entró un poco de risa, la verdad. Es que soy mi máxima saboteadora.
Pero he de decir que el riesgo valió la pena.
domingo, 6 de mayo de 2012
Se viene, se viene una nueva...
Una vez más, he decidido cambiar de actividad deportiva. Los motivos son muy variados, pero, porqué no reconocerlo, entre ellos está el que nunca he durado demasiado haciendo lo mismo en lo que a gimnasia se refiere. Y los astros han confluido en este mes de mayo para convencerme de que es el momento de un cambio: fuera gimnasio, fuera clases con horarios....¿qué tal un poco del antiguo "jogging", modernamente conocido como "running"?
Sí, ya sé: no es la primera vez que lo intento, y en otras ocasiones lo he descartado ipso facto por aburrido y porque a los dos minutos estoy, invariablemente, echando el hígado por la boca. Tampoco es de esas actividades que exijan concentración y así desconecto de los problemas del día (gimnasia cerebral).
Y entonces, ¿por qué ahora me interesa? Primero, porque es gratis, cualidad que en otros momentos habría pasado más desapercibida. Segundo, porque tiene horario flexible, gran valor en mi vida en este momento.
Y tercero.... tercero, señores.... porque lo combino con las tecnologías que tanto me obsesionan.
Mi ipod registra tiempo, velocidad y recorrido, con música de fondo y mensajes de ánimo (esto último muy importante). Tengo descargado en mi calendario el entrenamiento correspondiente a cada día, y en el ordenador se generan gráficas y evolución. Si me propongo un objetivo se publica en Twitter.
En fin...
No sé lo que aguantaré, porque lo cierto es que ninguno de estos avances tecnológicos impide que corra como un pato asmático.
Pero el caso es que, aún boqueando, este temita empieza a adquirir perfiles obsesivos...reconozco los síntomas.
martes, 1 de mayo de 2012
Cada cosa en su lugar
Anoche, no sé por qué, me acordé de lo feo que era tener que madrugar en casa de mi abuelo, para ir al colegio o a la Universidad. Era como antinatural, lo contrario del orden divino de las cosas.
De toda la vida, a casa de mi abuelo se iba a disfrutar: a ver la tele, a comer chocolate y sandwiches de miga...a empezar el fin de semana. Se iba sabiendo que al día siguiente no habría obligaciones, ni uniformes, ni carpetas. Eran unas mini-vacaciones que él nos regalaba cada semana.
Pero a veces, muy pocas, por algún motivo las cosas cambiaban, y tocaba despertarme oyendo a mi abuelo llamarme mientras encendía la luz. Lo malo no era el madrugón ni su finalidad, sino que ocurriera allí.
En mi cabeza, incluso el cuarto se veía como si no fuera el mismo, cómplice de la ruptura de las reglas del juego, de la plácida rutina, del mundo tal como debía ser.
viernes, 27 de abril de 2012
El trabajo como anestesia obsesiva
Hoy por fin tengo un respiro, corto pero respiro al fin, en un ciclo de trabajo de esos que me absorben completamente. Yo siempre estoy trabajando mucho; como dice mi madre, realmente a mí eso me gusta. No sé si lo que me gusta es trabajar mucho, o más bien saber que eso es la consecuencia de que se cuenta conmigo para muchas cosas interesantes. La bendita implicación, otra vez...
A veces me doy cuenta de que el trabajo pasa a un primer plano en mis prioridades, por una cuestión de responsabilidad obsesiva, convirtiéndose en una anestesia para todo lo que me rodea. Lo que otros se tomarían con más calma, a mí me captura intensamente y por completo. Postergo a todo el mundo, empezando por los más cercanos... tal como lo hago conmigo misma aunque con la diferencia de que yo soy una incondicional mía y asumo con comprensión mis decisiones -soy la única que nunca me digo que no-, pero los demás no tienen por qué pasar por mis sacrificios autoimpuestos. ¿Comer? No hay tiempo. ¿La casa se viene abajo del desorden? Ya me ocuparé cuando pueda. ¿La familia se reúne? Bien por ellos. ¿Mi marido me reclama? Debe ser más generoso.
Nada importa cuando el trabajo sube al primer puesto de mis obsesiones. Bueno, en realidad todo se desdibuja cuando algo, lo que sea, sube a ese primer puesto, pero la diferencia es que el trabajo implica una responsabilidad hacia terceros, y ahí...ahí el mundo puede desmoronarse que yo estoy anestesiada.
A veces me doy cuenta de que el trabajo pasa a un primer plano en mis prioridades, por una cuestión de responsabilidad obsesiva, convirtiéndose en una anestesia para todo lo que me rodea. Lo que otros se tomarían con más calma, a mí me captura intensamente y por completo. Postergo a todo el mundo, empezando por los más cercanos... tal como lo hago conmigo misma aunque con la diferencia de que yo soy una incondicional mía y asumo con comprensión mis decisiones -soy la única que nunca me digo que no-, pero los demás no tienen por qué pasar por mis sacrificios autoimpuestos. ¿Comer? No hay tiempo. ¿La casa se viene abajo del desorden? Ya me ocuparé cuando pueda. ¿La familia se reúne? Bien por ellos. ¿Mi marido me reclama? Debe ser más generoso.
Nada importa cuando el trabajo sube al primer puesto de mis obsesiones. Bueno, en realidad todo se desdibuja cuando algo, lo que sea, sube a ese primer puesto, pero la diferencia es que el trabajo implica una responsabilidad hacia terceros, y ahí...ahí el mundo puede desmoronarse que yo estoy anestesiada.
martes, 17 de abril de 2012
De dónde somos
Nací en un país y vivo en otro. Ya hace más años que estoy en el segundo, y debo decir que desde hace mucho tiempo que no me siento extranjera; casi que ni me siento inmigrante. Eso es algo que debo agradecer a mi país de acogida y a su gente maravillosa, que siempre me ha integrado con total naturalidad, tanto que puedo protestar como la que más si algo no me gusta, y jamás nadie me ha dicho lo que, francamente, podrían haberme sugerido: si no te gusta, ¿por qué no te vas? No me voy porque es mi casa, y uno en su casa tiene derecho a protestar.
Los vínculos con el país de origen son también muy fuertes, y aunque los años pasados allí cada vez serán relativamente menos del total de mi vida, lo importante es que han sido los primeros, las primeras décadas. Por eso, a día de hoy cuando alguien de mi segundo país me oye el acento y me pregunta que de dónde soy, sigo diciendo que de mi primer país, sin que ello merme en absoluto mi sentido de pertenencia también al segundo.
Pienso que tengo mucha suerte de tener dos países a los que mi vida me arraiga. Soy mucho más rica gracias a eso, y considero que los que se encierran adrede y desprecian lo exterior se vuelven voluntariamente ciegos.
Pero hoy soy dolorosamente consciente de que tener dos países puede plantear problemas, cuando entre ellos se genera conflicto. Y no hablo de competiciones deportivas, sino de asuntos que de verdad dejan herida.
Durante mucho tiempo no contemplé semejante posibilidad, porque la fortaleza de los lazos entre ambas naciones y la importancia de las cosas que tienen en común me impedía suponer que podrían llegar a enfrentarse en cuestiones relevantes. Sin embargo, todo empezó a cambiar cuando festejos que debían acercarlos se convirtieron en la ocasión de manifestar resentimiento por cosas que pasaron hace más de 200 años, o incluso hace más de 500, y cuando las fronteras se dibujaron más intensamente allí donde habían estado franqueadas a principios del siglo pasado.
Y de aquellos polvos estos lodos. Hoy asistimos a un grave conflicto comercial que los dos países han convertido en político: uno por las mismas razones que lo llevan a vivir con resentimiento su propia historia, y otro por la coyuntura económica tan delicada que lo estrangula. Y los respectivos pueblos se posicionan, jalonados por la demagogia irresponsable e interesada de sus gobernantes: uno siente que protege lo suyo del usurpador, y el otro que ha recibido un golpe a traición aprovechando su debilidad. Yo no creo que haya aquí usurpadores, ni que se sea del todo consciente de la envergadura del golpe dado.
La situación me duele, pero no por el conflicto en sí, sino por las actitudes desplegadas y los argumentos utilizados, planteando un escenario de agresión de país a país. En ambos se está exacerbando el patriotismo mal entendido, como arma arrojadiza contra un pueblo hermano.
Más allá de dónde residan las razones, analizo mi propia reacción, cómo no, obsesiva -seguramente provocada por actitudes rabiosas que he observado de los dos lados-. Cuando algo duele es porque se siente, porque importa; eso me ha hecho pensar en los vínculos, en los arraigos, en el sentido de la pertenencia a un pueblo...o a dos.
Los vínculos con el país de origen son también muy fuertes, y aunque los años pasados allí cada vez serán relativamente menos del total de mi vida, lo importante es que han sido los primeros, las primeras décadas. Por eso, a día de hoy cuando alguien de mi segundo país me oye el acento y me pregunta que de dónde soy, sigo diciendo que de mi primer país, sin que ello merme en absoluto mi sentido de pertenencia también al segundo.
Pienso que tengo mucha suerte de tener dos países a los que mi vida me arraiga. Soy mucho más rica gracias a eso, y considero que los que se encierran adrede y desprecian lo exterior se vuelven voluntariamente ciegos.
Pero hoy soy dolorosamente consciente de que tener dos países puede plantear problemas, cuando entre ellos se genera conflicto. Y no hablo de competiciones deportivas, sino de asuntos que de verdad dejan herida.
Durante mucho tiempo no contemplé semejante posibilidad, porque la fortaleza de los lazos entre ambas naciones y la importancia de las cosas que tienen en común me impedía suponer que podrían llegar a enfrentarse en cuestiones relevantes. Sin embargo, todo empezó a cambiar cuando festejos que debían acercarlos se convirtieron en la ocasión de manifestar resentimiento por cosas que pasaron hace más de 200 años, o incluso hace más de 500, y cuando las fronteras se dibujaron más intensamente allí donde habían estado franqueadas a principios del siglo pasado.
Y de aquellos polvos estos lodos. Hoy asistimos a un grave conflicto comercial que los dos países han convertido en político: uno por las mismas razones que lo llevan a vivir con resentimiento su propia historia, y otro por la coyuntura económica tan delicada que lo estrangula. Y los respectivos pueblos se posicionan, jalonados por la demagogia irresponsable e interesada de sus gobernantes: uno siente que protege lo suyo del usurpador, y el otro que ha recibido un golpe a traición aprovechando su debilidad. Yo no creo que haya aquí usurpadores, ni que se sea del todo consciente de la envergadura del golpe dado.
La situación me duele, pero no por el conflicto en sí, sino por las actitudes desplegadas y los argumentos utilizados, planteando un escenario de agresión de país a país. En ambos se está exacerbando el patriotismo mal entendido, como arma arrojadiza contra un pueblo hermano.
Más allá de dónde residan las razones, analizo mi propia reacción, cómo no, obsesiva -seguramente provocada por actitudes rabiosas que he observado de los dos lados-. Cuando algo duele es porque se siente, porque importa; eso me ha hecho pensar en los vínculos, en los arraigos, en el sentido de la pertenencia a un pueblo...o a dos.
lunes, 9 de abril de 2012
Vecinos
Cerca de casa hay un parque con su pequeño lago artificial, hogar de varios patos. Cada tanto tienen cría y puede verse a Mamá Pata nadando seguida de sus patitos en fila india.
A veces el lago, e incluso el parque, se les queda pequeño, y se sienten patos urbanos, así que salen a dar una vuelta por el barrio. Eso ocasiona un despliegue importante: viene la Guardia Civil a cortar el tráfico y ves a Mamá Pata y sus patitos cruzando ordenadamente la calle para dirigirse a la zona de viviendas.
Por supuesto, para las excursiones no hay horario, de modo que es posible que les dé por iniciar su recorrido en plena noche (¡patos urbanos y noctámbulos!).
Hace un par de noches, en plena madrugada me despertaron sus graznidos. Debían estar en la entrada de casa, discutiendo el siguiente itinerario.
[Sí, ya sé que quedó ñoño, pero hay cosas que me pasan que son ñoñas en sí mismas, qué le voy a hacer].
A veces el lago, e incluso el parque, se les queda pequeño, y se sienten patos urbanos, así que salen a dar una vuelta por el barrio. Eso ocasiona un despliegue importante: viene la Guardia Civil a cortar el tráfico y ves a Mamá Pata y sus patitos cruzando ordenadamente la calle para dirigirse a la zona de viviendas.
Por supuesto, para las excursiones no hay horario, de modo que es posible que les dé por iniciar su recorrido en plena noche (¡patos urbanos y noctámbulos!).
Hace un par de noches, en plena madrugada me despertaron sus graznidos. Debían estar en la entrada de casa, discutiendo el siguiente itinerario.
[Sí, ya sé que quedó ñoño, pero hay cosas que me pasan que son ñoñas en sí mismas, qué le voy a hacer].
martes, 27 de marzo de 2012
Mi cámara y yo
Llevo algunos días cuestionándome, pero solo un poquito, por qué no le hice caso a mi hermano S. y me compré una cámara fotográfica mejor, de esas que cuando te pasan las fotos decís: ¿por qué a mí no me salen nunca tan buenas?
Pero digo que el arrepentimiento es sólo un poquito, porque no me imagino cargando con el típico "bolsito de la cámara". Me gusta llevarla en la cartera como una cosa más, junto a la billetera, la manteca de cacao, los anteojos de sol...
En fin, que creo que mi obsesión tiene la cámara que se merece, ni más ni menos.
El caso es que hoy, volviendo a casa, me dio por la fotografía urbana.
Todo esto está en la Avenida de los Aliados, en Oporto.


Pero digo que el arrepentimiento es sólo un poquito, porque no me imagino cargando con el típico "bolsito de la cámara". Me gusta llevarla en la cartera como una cosa más, junto a la billetera, la manteca de cacao, los anteojos de sol...En fin, que creo que mi obsesión tiene la cámara que se merece, ni más ni menos.
El caso es que hoy, volviendo a casa, me dio por la fotografía urbana.
Todo esto está en la Avenida de los Aliados, en Oporto.
lunes, 26 de marzo de 2012
Arte contemporáneo
En enero la gente suele hacerse una lista de nuevos propósitos para el año que comienza. A mí, en cambio, los inicios de año no me inspiran para comprometer mi tiempo a futuro, porque considero que cualquier momento es bueno para dejarse llevar por los impulsos. ¿Por qué limitarse a un mes al año para trazar la agenda? ¿Y por qué trazar agendas?
Pues bien, en las postrimerías de este mes de marzo, manifiesto que tengo muchas ganas de esforzarme por entender el arte contemporáneo. Es difícil, ya sé, y seguramente esta obsesión, como todas, pasará a mejor vida antes o después, incluso sin haber llegado a conseguir el objetivo.
Han sucedido cosas que me convencen de que vale la pena al menos intentarlo. La definitiva: mi visita de ayer al Museo Serralves, en Oporto.
Un día de sol, y familias enteras entrando al Museo para aprovechar los últimos días de exposición de las pinturas de Eduardo Batarda, y las Impresiones de Raymond Roussel. Cuando digo familias enteras, me refiero a que había niños; niños mirando fijamente una obra, mientras sus madres o sus padres les explicaban cosas que ojalá hubiera podido oír yo para entender mejor las piezas.
Si los niños captan el mensaje, es que el mensaje existe, así que estoy dispuesta a descubrirlo.
Si los niños captan el mensaje, es que el mensaje existe, así que estoy dispuesta a descubrirlo.
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