viernes, 27 de abril de 2012

El trabajo como anestesia obsesiva

Hoy por fin tengo un respiro, corto pero respiro al fin, en un ciclo de trabajo de esos que me absorben completamente. Yo siempre estoy trabajando mucho; como dice mi madre, realmente a mí eso me gusta. No sé si lo que me gusta es trabajar mucho, o más bien saber que eso es la consecuencia de que se cuenta conmigo para muchas cosas interesantes. La bendita implicación, otra vez...

A veces me doy cuenta de que el trabajo pasa a un primer plano en mis prioridades, por una cuestión de responsabilidad obsesiva, convirtiéndose en una anestesia para todo lo que me rodea. Lo que otros se tomarían con más calma, a mí me captura intensamente y por completo. Postergo a todo el mundo, empezando por los más cercanos... tal como lo hago conmigo misma aunque con la diferencia de que yo soy una incondicional mía y asumo con comprensión mis decisiones -soy la única que nunca me digo que no-, pero los demás no tienen por qué pasar por mis sacrificios autoimpuestos. ¿Comer? No hay tiempo. ¿La casa se viene abajo del desorden? Ya me ocuparé cuando pueda. ¿La familia se reúne? Bien por ellos. ¿Mi marido me reclama? Debe ser más generoso.

Nada importa cuando el trabajo sube al primer puesto de mis obsesiones. Bueno, en realidad todo se desdibuja cuando algo, lo que sea, sube a ese primer puesto, pero la diferencia es que el trabajo implica una responsabilidad hacia terceros, y ahí...ahí el mundo puede desmoronarse que yo estoy anestesiada.

martes, 17 de abril de 2012

De dónde somos

Nací en un país y vivo en otro. Ya hace más años que estoy en el segundo, y debo decir que desde hace mucho tiempo que no me siento extranjera; casi que ni me siento inmigrante. Eso es algo que debo agradecer a mi país de acogida y a su gente maravillosa, que siempre me ha integrado con total naturalidad, tanto que puedo protestar como la que más si algo no me gusta, y jamás nadie me ha dicho lo que, francamente, podrían haberme sugerido: si no te gusta, ¿por qué no te vas? No me voy porque es mi casa, y uno en su casa tiene derecho a protestar.

Los vínculos con el país de origen son también muy fuertes, y aunque los años pasados allí cada vez serán relativamente menos del total de mi vida, lo importante es que han sido los primeros, las primeras décadas. Por eso, a día de hoy cuando alguien de mi segundo país me oye el acento y me pregunta que de dónde soy, sigo diciendo que de mi primer país, sin que ello merme en absoluto mi sentido de pertenencia también al segundo.

Pienso que tengo mucha suerte de tener dos países a los que mi vida me arraiga. Soy mucho más rica gracias a eso, y considero que los que se encierran adrede y desprecian lo exterior se vuelven voluntariamente ciegos.

Pero hoy soy dolorosamente consciente de que tener dos países puede plantear problemas, cuando entre ellos se genera conflicto. Y no hablo de competiciones deportivas, sino de asuntos que de verdad dejan herida.

Durante mucho tiempo no contemplé semejante posibilidad, porque la fortaleza de los lazos entre ambas naciones y la importancia de las cosas que tienen en común me impedía suponer que podrían llegar a enfrentarse en cuestiones relevantes. Sin embargo, todo empezó a cambiar cuando festejos que debían acercarlos se convirtieron en la ocasión de manifestar resentimiento por cosas que pasaron hace más de 200 años, o incluso hace más de 500, y cuando las fronteras se dibujaron más intensamente allí donde habían estado franqueadas a principios del siglo pasado.

Y de aquellos polvos estos lodos. Hoy asistimos a un grave conflicto comercial que los dos países han convertido en político: uno por las mismas razones que lo llevan a vivir con resentimiento su propia historia, y otro por la coyuntura económica tan delicada que lo estrangula. Y los respectivos pueblos se posicionan, jalonados por la demagogia irresponsable e interesada de sus gobernantes: uno siente que protege lo suyo del usurpador, y el otro que ha recibido un golpe a traición aprovechando su debilidad. Yo no creo que haya aquí usurpadores, ni que se sea del todo consciente de la envergadura del golpe dado.

La situación me duele, pero no por el conflicto en sí, sino por las actitudes desplegadas y los argumentos utilizados, planteando un escenario de agresión de país a país. En ambos se está exacerbando el patriotismo mal entendido, como arma arrojadiza contra un pueblo hermano.

Más allá de dónde residan las razones, analizo mi propia reacción, cómo no, obsesiva -seguramente provocada por actitudes rabiosas que he observado de los dos lados-. Cuando algo duele es porque se siente, porque importa; eso me ha hecho pensar en los vínculos, en los arraigos, en el sentido de la pertenencia a un pueblo...o a dos.

lunes, 9 de abril de 2012

Vecinos

Cerca de casa hay un parque con su pequeño lago artificial, hogar de varios patos. Cada tanto tienen cría y puede verse a Mamá Pata nadando seguida de sus patitos en fila india.

A veces el lago, e incluso el parque, se les queda pequeño, y se sienten patos urbanos, así que salen a dar una vuelta por el barrio. Eso ocasiona un despliegue importante: viene la Guardia Civil a cortar el tráfico y ves a Mamá Pata y sus patitos cruzando ordenadamente la calle para dirigirse a la zona de viviendas.

Por supuesto, para las excursiones no hay horario, de modo que es posible que les dé por iniciar su recorrido en plena noche (¡patos urbanos y noctámbulos!).

Hace un par de noches, en plena madrugada me despertaron sus graznidos. Debían estar en la entrada de casa, discutiendo el siguiente itinerario.

[Sí, ya sé que quedó ñoño, pero hay cosas que me pasan que son ñoñas en sí mismas, qué le voy a hacer].

viernes, 6 de abril de 2012

Potaje de garbanzos heterodoxo

Hoy es viernes santo y la tradición religiosa española manda comer potaje ("de vigilia").
Las tradiciones religiosas no constituyen una de mis obsesiones, pero el potaje me encanta... al menos el de mi suegra, que es el que he probado. Y como había que pensar en la comida de hoy, se me ocurrió, ahí donde me ven, probar a hacer potaje yo solita. Con un par.
Eso sí, no tenía bacalao ni espinacas, así que iba a ser un potaje sui generis. Y, cómo no, tenía que poder hacerlo en mi ollita mágica (Fussioncook), de la que hablaré aquí algún día porque está muy bien posicionada en el ranking de mis obsesiones.
Encontré una receta (original aquí), de la que suprimí el bacalao y tuneé en lo necesario, quedando como sigue:
Poner en la olla los garbanzos previamente puestos a remojo la noche anterior. Cortar en trocitos y echar una cebolla, un par de zanahorias, 4 o 5 dientes de ajo y 2 pimientos verdes italianos (o 1 normal). Añadir un cuarto de lata de tomate triturado (no tenía un tomate maduro), 2 hojas de laurel, 1 cucharadita de pimentón dulce y otra de comino, un caldito de verduras y una pizquita de pimienta negra. Echar un chorreón de aceite de oliva y dos medidas de agua. Programar menú "legumbres duras"y dejar despresurizar sola. Sacar un cucharón de garbanzos y parte del líquido, pasarlo por la batidora y vuelta a la olla. Rectificar de sal.

El Juez Intergaláctico en platos de cuchara vive conmigo, y ha dicho que estaban "deliciosos" (lo que significa que para el resto de los mortales estarían de morirse absolutamente), aunque quizá para la próxima deban tener un poquito menos de caldo... e incluso un poco de huevo rallado por encima, como los presenta mi suegra.

Por cierto, para mí, siguen ganando los garbanzos de ella.